4. Reflexiones de la POSTGuerra

La presentación de Murron fue muy efectiva. Nuestros perseguidores del momento exprimieron todo lo posible su feliz convicción de haber provocado nuestro cambio de plataforma. Murron, que se mantenía en ella solo para dar guerra, aprovechó para incendiar los comentarios de los perseguidores en sus propias casas. Mi colega encumbró su arte hasta crear algo nuevo: la POSTguerra en comentarios. Nunca leí comentarios más largos que los de Macaria. Pero a pesar de llevar entonces un año y pico escribiendo y comentando los post con otros blogueros casi a diario, habíamos entrado en una rueda de inercia. Éramos muy ingenuas. Habíamos enseñado la patita hasta el muslo sin pensar que esa información podía dejarnos en bragas. Nos habíamos alejado de la escritura creativa y sin paso previo, nos lanzamos a la autobiográfica semi metafórica, convencidas de que no se nos veía el plumero.

Los blogs eran un grito de auxilio en medio del desierto, una fe de vida. Estábamos en terreno desconocido y sedientas de lectores cabales. Caímos más de una vez en las provocaciones pseudo-literarias del otro lado. Veíamos internet como una oportunidad de ser, tal cual. No contemplamos la opción de estar siendo utilizadas para exhibir los delirios de grandeza de personas con serios problemas relacionales.

Una vez tomada la decisión, en poco tiempo asfixiamos con silencio los ataques de los Eastwoodianos. Fue una decisión difícil porque la persecución a la que nos sometieron fue muy dura y con muy malas intenciones. Lo más suave que puedo decir de aquella panda es que les faltaba medio punto para la psicopatía. Murron diría que sobrepasaban el puntaje.

A pesar de que ahora hay más conocimiento en cuanto a lo que es oportuno o no publicar, no sirve de nada. El mundo bloguero, al menos el de creación, ha muerto. Todo el mundo escribe desde el móvil, aún con dedos pandos. No se pasa de los 120 caracteres, se ha reducido la personalidad a sumar un par de líneas a las historias de otros. Sufrimos del Síndrome Jeroglífico, ese que hace que un mensaje sea un martirio de deducciones porque no hay escrita una palabra completa. Todo una pena. Cuantos más recursos, menos buen uso. Mucho TikTok, mucho YouTube, mucha actualización de Facebook, demasiados WhatsApp, pero poco pensar y, aún menos, crear por el placer de crear.

También hay más acceso. Recuerdo a un colega que solo podía contactar a horas muy concretas porque escribía desde un cibercafé. En su casa no tenía ordenador. Escribía preciosidades sobre el mar. Ahora tengo que bloquear a niños de diez años porque me saturan a mensajes inconexos, aunque, todo hay que decirlo, con menos faltas que los adultos.

El ser humano involuciona a velocidad de vértigo; cada día es más vago, está más aburrido y es más malicioso. ¡El Blog ha muerto! ¡Descúbrete en las redes sociales! El creador de Facebook ha sabido hacerse rico explotando la debilidad humana por excelencia: la soledad. Ahora se vigilan los estados ajenos de Facebook y de WhatsApp, y a partir de eso, la gente crea la imagen que le da la real gana del otro y la vapulea sin piedad, tanto en el mundo virtual como en el mundo físico. Parecido a lo que vivimos nosotras, pero mucho más inmediato y de peores consecuencias. Un comentario malinterpretado te puede joder la existencia en el trabajo, en la pareja o en el colegio de tus hijos. La frontera entre lo virtual y lo físico ha desaparecido hace mucho tiempo.

Además, hemos invertido el orden de los factores: la experiencia vital se inicia en la red para luego saltar a la calle. Aunque se cuente -o se presuma de- algo acontecido el día anterior, parece que no existe ni para ti mismo si no lo publicas en las redes sociales. Un gran salto, el de la creación pura a la exhibición contradictoria. Al exhibirnos corremos riesgos, y eso nos pone. Somos una sociedad portera con ínfulas, que no valora lo que tiene y ha caído en la trampa de competir por ser el más cabrón de la red, mientras eso signifique ser el primero en algo más que la cola del súper.

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