Las calles de la ciudad le parecían interminables aquel día. Arrastraba los pies y el ánimo por la avenida antaño espléndida, hoy un triste fragmento de lo que su vida fue cuando lo tenía todo, o eso creía él. Genio le llamaban entonces, aunque por más que se esforzaba no podía recordar quien le llamó así por primera vez. Aquel desfile de caras con las que se cruzaba…, habría jurado que conocía a la mayoría de ellas, pero ¿sus nombres? Imposible. Recordaba haber tenido una casa. Una casa espléndida en la avenida espléndida. Era grande, muy grande. ¡La de cosas que habían pasado allí!…, escenas desenfocadas no era capaz de recuperar. Un hombre mayor. Un hombre mayor que le cogía el hombro con cariño, o ¿era furia? También había una mujer mayor que le sonreía, dijese lo que dijese. ¿Sus padres, quizá? Asumió que así era y se concentró en los ojos de su madre. Al hacerlo, sintió que se mareaba y perdía pie. Se arrimó a la pared de la calle y se dejó caer con lentitud hasta tocar el suelo. La gente pasaba por su lado sin inmutarse. Hoy en día nadie se inmuta. Sabía quiénes eran, todos y cada uno de ellos, pero ¿y sus nombres? Su estómago se quejó con fuerza. ¿Cuándo había comido por última vez? ¿Anoche? Detuvo su atención en la gabardina que llevaba puesta. Recordó como en un flash el día que la compró. Fue en una tienda, pero no una cualquiera. Era una tienda espléndida en una calle espléndida, donde todos le llamaban Genio. La gabardina era entonces perfecta y nueva, aunque hasta ella había olvidado su color.
Una niña se quedó mirándole fijamente. Su madre le reprendió y le ordenó caminar, pero parecía que a la niña le habían pegado los pies al suelo. Él también la miró. ¿La conocía? Esa melena oscura le era familiar. Intentó recordar si tenía hijos. No. No le vino a la mente ninguna escena de pareja, ni partos o colegios. Un momento. De universidad sí le vino una imagen, pero era suya. Genio le llamaban. ¡Oh, sí que lo hacían! Solían preguntarle un montón de cosas para las que siempre tenía respuesta. Sí, le llamaban Genio. Quiso decírselo a la niña de morena cabellera, pero cuando miró ya no estaba. La amable pared le ayudó, esta vez para levantarse. El mareo era más llevadero, así que tras titubear unos instantes, reemprendió el camino arrastrando sus pies por la espléndida avenida. Llegó a un restaurante. Miró a través del ventanal y reconoció muchas de las caras que ansiaban sus primeros platos. Un camarero iba y venía con mucha prisa. Le conocía. El camarero reparó en él unos segundos. Le sonrió. ¡Por fin! ¡Alguien que le recordaba! Se puso nervioso, se emocionó, arregló sus ropas lo mejor que pudo y se dispuso a entrar. El camarero, al adivinar sus intenciones, le hizo gestos señalándole la puerta de la cocina, pero él estaba demasiado excitado como para dar tal rodeo. Entró en el restaurante, como un señor. La gente le miraba con desaprobación, pero él no se percataba. Tenía sus ojos clavados en su amigo, el camarero, que se acercó a él, lo tomó por el brazo y lo llevó a través del restaurante a paso acelerado, dejando tras de sí líneas de mesas hasta llegar a la cocina. Allí le buscó un taburete y lo sentó ante una mesa que parecía estar esperándole.
-Te he dicho mil veces que no entres por ahí, que me avises para que te abra por detrás. No escarmientas, Genio.
-¡Así que es verdad! ¿Me llamo Genio?
-Sí, sí, Genio. Al menos eso es lo que tú dices.
Genio dudó unos momentos, pero tenía tantas preguntas que asió al camarero por el brazo y se lanzó.
-Dime. Tú me conoces, sabes quién soy. ¿Quién soy?-preguntó agitado-¿Por qué todo está en gris? ¡Todo es confuso!
-Solo sé lo que siempre cuentas -suspiró el camarero-. Que eres un genio, que eras muy famoso y que hiciste una apuesta, allá por el cretácico, con un camarero de este restaurante y la perdiste-recitó cansino-. Como no te gusta perder, volviste a apostar para ganar y no pararás hasta que lo consigas-canturreó mientras le servía un plato de humeante sopa- Pero de eso hace ya treinta años. Olvídalo y come un poco. Sabes que me juego el puesto -añadió mientras se alejaba.
Y lo recordó. Recordó tener mucho dinero, y fama, y admiradores que le llamaban Genio, pero seguía sin recordar por qué le llamaban así, aunque le gustaba. ¡Oh! ¡sí!, le gustaba mucho. Recordó al camarero descarado el día que le dijo que si fuera un mendigo nadie lo reconocería. Sí, aquella bronca sin sentido con aquel imberbe que le recriminó sus modales y su forma de tratarle delante de sus amigos.
¿Qué hizo él?
Creía recordar que le había dicho al camarero que se fuera a barrer calles, ¿o le insultó? No, no. El camarero le dijo la suerte de los prepotentes es la miseria; sin tu dinero y tu fama, nadie advertiría tu presencia. Y ahí entró la apuesta. Pero él era un Genio. Todos le querían y le respetaban. Así se lo decía ella, cuando le miraba de aquella manera, entre drogada y admirada. Y él le regaló una flor, siempre incapaz de decirle más que lo que aquella flor hablaba. Pero ella le abandonó. Desapareció. ¡Le traicionó, como su identidad! Ella… Sintió ganas de romperlo todo. Le costaba respirar. No, ¡a ella no! ¡A los traidores no hay que recordarlos! Regresa a lo importante. ¿Qué era? ¡¿Qué era?!… Sí… Era el mejor en todo lo que hacía y apostando no tenía rival. Sí, apostó. Apostó a que, aún como mendigo, la gente le reconocería, siempre, alguien le echaría una mano. Pero algo no salió bien. ¿Por qué? ¡Si era un genio! ¡Y además cumplía su palabra! El plato de sopa ante él le distrajo. ¡Olía tan bien! Tomó una cucharada.
Genio, le llamaban.
Pero no recordaba por qué.
Desde una esquina de la cocina, el maitre le observaba. El camarero se acercó a él.
-¿Qué tal hoy?
-Está empeorando. Antes preguntaba por usted nada más entrar, ahora no creo ni que sepa que existe.
El maitre, visiblemente desilusionado, agachó la cabeza.
-Ya.
-¿Quiere que le recuerde lo que pasó? ¿Le hablo de ella?
-No-respondió el maitre con rapidez-, no, por favor. En treinta años no he sido capaz de hacerle reaccionar. Nadie puede. Ni tan solo ella.
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