Cerró los ojos.
Sentada en una esquina de la sala, ahora vacía, con la única compañía de su canción, movía los dedos siguiendo un mudo compás. No había nadie, ningún testigo de aquella noche que recordara algún detalle del que ella se hubiera olvidado. No hacía falta.
La espera siempre era lo mejor de sus encuentros. Esa extraña mezcolanza de nervios, premura y excitación se metía en las tripas y la había convertido en una adicta durante años.
Y ahí estaba, sentada a la mesa del más lujoso restaurante, a punto de celebrar el éxito de aquel al que regalaba cada minuto de su pensamiento. Recordaba haberle observado, cada gesto, cada expresión alegre mientras hablaba con unos y saludaba cortésmente a otros. Recordaba la sensación que le embargó cuando le vio acercarse; su forma de caminar desprendía gran seguridad y tal elegancia que le pareció que se deslizaba hacia la mesa. Podía recordar el fresco perfume que desprendía cuando se movía hacia ella, imponiéndose a las fragancias que inundaban la sala.

Se sentó frente a ella y tras disculparse, besó su mano y le regaló una hermosa sonrisa. De una mano tras su espalda, apareció un narciso. Se preguntó si la flor podría permanecer siempre tan hermosa y elegante como él entonces. La belleza se marchita y la vida es tan larga…
Acarició sus pétalos, cubriendo el delicado detalle de un manto invisible de amor. Recordaba haberle escuchado con atención sin encontrar demasiado sentido a mucho de lo que le decía. Las horas parecían haberse detenido, pero la noche avanzaba y pronto el aroma del chocolate invadió la frontera entre los dos. El postre compartido en un único momento privado. Y la música. Y la luz que arrancaba destellos de sus ojos. Lo recordaba tan bien; cómo se levantó y extendió su mano hacia ella, que se sintió temblar. El cosquilleo, la piel alterada cuando acercó su cuerpo al de él y sus mejillas se juntaron. Aquel baile, aquel delicioso baile. Recordaba la perfección del momento, cuando él rozó sus labios, su suave abrazo, su viaje solitario por la circular estancia, la desnudez del corazón. Poco importó su desnudez en la habitación horas después. Hacía mucho que estaba desnuda cuando compartían tiempo y espacio. Él no sabía entonces que iba a ser su última noche juntos. Ella lo decidió antes de acudir. Ante él se abría un mundo de multitudes y halagos, y ser una sombra nunca fue una opción.
No se despidió. No hizo falta. A pesar de no volver a verlo, siempre estuvo cerca, unida en silencio a un corazón ebrio de aplausos. Nunca logró que entendiera el amor que profesa el silencio.
Abrió los ojos.
Se levantó con esfuerzo del sillón. La música flotaba vacía en la habitación de la residencia, teñida de pena por su encierro en un mísero altavoz. La misma canción de antaño, tantos años después. Se acercó a una caja de madera. Sus manos, torpes ahora, lucharon unos segundos con el cierre. Cuando por fin la tapa cedió a su voluntad, los pétalos de un narciso aún fresco recibieron su caricia cargada de amor, y la intención de que, en algún lugar, él sintiera que ella nunca se fue.
Sigue en Elecciones 2. El frío del Olvido
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