Laurelle revolvió entre la ropa sucia buscando monedas. Sabía que se le habían caído algunas en la cesta el día anterior pero en la oscuridad de la noche fue imposible encontrarlas. Claro que con una vela todo habría sido distinto; habría encontrado las preciadas monedas y el cazador habría accedido a comenzar la búsqueda de su pequeña, Lili. Porque eran unos tiempos en los que para alguien que vivía en las lindes de los bosques de Eastern no había ayuda sin un pago. Y más si tenía fama de bruja como Laurelle. Tras sacar con gesto desesperado toda la ropa del cesto, finalmente encontró las monedas y casi sin levantarse del suelo, se las ofreció al cazador que, a regañadientes, había vuelto al romper el alba.
-¿Es suficiente?
El cazador ni las contó. El gesto de ruego de la mujer arrodillada ante el montón de ropa fue suficiente para él.
-¿La traigo la encuentre como la encuentre?
-Si la encuentra será viva, eso seguro.
El cazador la miró de través, sorprendido por la seguridad de aquella extraña mujer.
-No le prometo nada. Ya sabe cómo se las gasta.
Y sin mirarla de nuevo, se fue.
Laurelle se levantó y le observó mientras se alejaba. Pensó en que, de hecho, sabía mejor que el cazador cómo era el bosque, pero a ella le estaba prohibida la entrada. Rompió a llorar y se sentó en el umbral de la puerta, como hacía su pequeña Lili . Una bruja no debería tener problema alguno para sortear maleficios y maldiciones. Sólo que Laurelle no era una bruja y el bosque no tenía maldición alguna.
En Eastern todos lo temían. La mayoría de los que se habían aventurado a entrar no habían vuelto a salir y los que lo habían conseguido se habían ido de la región para nunca más volver, sin despedidas, sin explicaciones. Sólo ella había entrado y salido y aún seguía allí, y lo que era aún más extraño, vivía junto al misterioso lugar.
Las horas pasaron. Laurelle no hacía más que pensar en la pequeña Lili. La había encontrado siete años atrás, precisamente cuando salía del robledal que cerraba el bosque. Un precioso manto de lirios silvestres rodeaba a la recién nacida que, despreocupada, jugaba con los pétalos que parecían inclinarse para admirarla. Lili amaba las flores, a todas ellas, pero en cuanto pudo hablar se obsesionó con entrar al bosque porque, según ella, debía encontrar las flores de Eastern.
Poco importó que Laurelle le explicara que todas las flores eran flores de Eastern o que le hablara sobre el misterio que se cernía amenazante sobre el lugar . Lili insistía en entrar al bosque. No paraba de repetir que debía regresar. Y así, una mañana de dos días atrás, Lili había desaparecido como por encanto.
La oscuridad de la noche engulló la casa, sólo visible ahora por la luz de las velas que destacaban la figura de Laurelle sentada en la puerta. Era consciente de que quedarse ahí no era buena idea así que entró. El cazador no volvería. Aunque siempre hubo una posibilidad muy remota de que así fuera, algo dentro de ella luchaba por mantener la esperanza, algo muy humano. Al ir a cerrar la puerta, una raíz gigantesca surgió de la oscuridad deslizándose con rapidez impidiéndoselo.
-No insistas-susurró Laurelle-, no quiero hablar.
Como respuesta, la rama más grande de un sauce cercano se abrió paso hasta Laurelle y dejó caer algo con un golpe sordo. Era el morral del cazador.
-No has hecho nada que no hayas hecho antes.(…)