Ser una rata tiene sus ventajas. Éramos pequeñas, escurridizas, veloces y comíamos de todo. Así escribíamos en Proyectos CPC. Cine, Música, cachitos de nuestras miserias, algunas alegrías, el pollo de Belén Esteban, política, Telecinco y las siempre alegres noticias. Durante algún tiempo mantuvimos un ritmo aceptable. Para mi gusto nunca fue correcto, pero visto ahora, tras haber cerrado la web y haber sido incapaz de mantener un blog personal, creo que fuimos unas hachas. Una de las muchas cosas que aprendes con el paso del tiempo es que, el tiempo que no tienes hoy y que antes sí aunque entonces te parecía que no lo tenías, lo aprovechaste mal. Lo que asumes es que fue como tenía que ser y punto. La consecuencia convertida en mantra, es que comerse la cabeza por asuntos tan baladís es de ceporros.
Las ratas de CPC fuimos más de dos durante un par de tiempos muertos. Al principio, tres

blogueros que conocimos en la plataforma inicial se nos unieron en la medida de sus posibilidades y deseos. Fue un placer, no me cansaré de decirlo, pero fue un placer breve. También hubo colaboraciones esporádicas y hasta una falsa defunción entre nuestras filas. Cada vez que recuerdo que le dedicamos la web durante meses al recuerdo de una persona que a bien seguro se desencajó la mandíbula de tanto descojonarse… lo dicho, no tenemos tanto peligro. Visto ahora, suspendimos en hijoputismo más de dos veces, pero no me arrepiento de nada. La frontera de lo real en la red era de lo más discutido. Yo, que tenía la mala costumbre de entregarme a la gente en modo y forma infinitos, tanto fuera como dentro de la red, aprendí muchas acepciones de sorpresa y alucino, todas igual de malsonantes. Murron ya venía aprendida y me enseñó mil formas de decir mierda y seguir tomando mi café como si nada.

Como en tantas historias de blogueros ahora olvidadas, iniciamos y cerramos secciones con la misma rapidez con la que la nómina aparece y desaparece de la cuenta del Banco. Prueba y error. Vivimos, sobre todo yo, los típicos errores de principiantes: escribir sobre lo que nos apetecía y luego no entender por qué no nos leían, y tras desnudar nuestra alma, esperar que los lectores fueran tolerantes en la medida que lo éramos nosotras y se prestaran a debate. Murron no esperaba nada, todo hay que decirlo, pero sin ser más tolerante que yo, lo afrontaba como una oportunidad de desahogo. Lo cierto es que también me enseñó mucho sobre eso, y es por ello por lo que afirmo que del inmenso volumen de post que conservamos, hay unos cuantos infumables.
Yo escribo porque lo necesito-decía a menudo-, porque si no reviento. Ella reventaba y escribía, reformulo yo. Porque la verdad es que ambas necesitábamos escribir, es parte de nuestro ADN, pero cuando iniciamos los blogs lo hicimos para no pagar un psiquiatra. Como tantos blogueros de entonces -y de ahora-, tener los blogs era una vía de escape de todo lo que no nos gustaba de nuestra vida. Por entonces era mucho. Muchísimo. En mi caso, dividí esa necesidad de escape entre las letras y el diseño. Por la misma época que decidí largarme de la plataforma original, estudié diseño web con la ingenua esperanza de dedicarme a ello para tener ingresos. Así, la primera víctima de mis devaneos con Photoshop y el desaparecido Flash, fue Proyectos CPC. La web blog era una idea que me rondaba desde hacía un par de años y con la que me entusiasmé demasiado. La primera portada fue un dibujo, vilmente asesinado con mil filtros, de un faro que al hacer su recorrido luminoso, desvelaba el título entre las nubes. Muy triste. Fue mi penúltimo romance con flash. Pero al ser el primer trabajito estaba entusiasmadisisisisísima y me convencí de que tenía futuro. Claro que, al ser un trabajo hecho a mitad de curso con un tercio de los conocimientos que adquirí aquel año, cambió a los dos meses, y luego al mes y medio.
Mientras, Murron aún era Macaria. Se mantuvo en la plataforma original creo que un año más que yo. Repartía su tiempo entre el blog de CPC y otro, que ahora no recuerdo, pero que sobreviviría en paralelo un par de años más, cuando Macaria ya estaba descansando, aunque jamás en paz, coño, que Macaria no conocía esa palabra. Esta era una práctica común. Yo, más ceporra, cuando dije que me iba, me fui y solo volví para comentar post de algunos colegas de letras. También abrí uno en la segunda plataforma, pero lo alimentaba del mismo contenido que publicaba en CPC; vamos, una memez que duró poco.
Y un buen día, vigilando-práctica también muy común- al enemigo, descubrí que nos habían bautizado como Las Ratas. En una mañana diseñé nuestra rata y en dos le di la vuelta a la web. Esa fue la última vez que espié tras las líneas enemigas.