Redención (fragmento)

(…) -¿Qué haríais vos si vuestro hijo quisiera arriesgar el pellejo por vuestra espada?-preguntó.
-Yo no hubiera permitido que me arrebataran la espada con la que defender a mi hijo- recriminó el caballero.
El hombre sonrió satisfecho y entró por fin a la cabaña seguido por su misterioso invitado.
-Acomodaos donde os plazca, señor.
El caballero se acercó a una de las sillas junto a la lumbre y tomó asiento. El joven entró tras ellos, recogió algo de comida, la metió en un morral y salió corriendo del hogar.
-Volveré con ella, padre,¡os lo aseguro!-gritó mientras se alejaba.
Su padre llenó dos jarras de hidromiel y se sentó frente al caballero, ofreciéndole una.
-¿Nunca soltáis la espada?
– Nunca.
-Y, ¿a dónde os dirigís? Por vuestro aspecto, debéis llevar mucho recorrido.
-Lo sabré cuando llegue-dijo el caballero.
-No os gusta que os pregunten, lo sé.
El caballero le observó mientras se quitaba la camisa y la tiraba al fuego. Su torso estaba lleno de cicatrices, quemaduras y recuerdos que solo podían ser resultado del honor que dispensan las batallas ganadas. Advirtió asimismo una herida reciente en sus costillas.
El hombre atizó el fuego y tras unos minutos de silencio, dibujó con cenizas en el suelo del hogar el escudo de armas del Rey de los Profanos, un círculo vacío coronado por dos garras de dragón.
-Hace mucho tiempo yo serví como vos al Rey-recordó con la mirada fija en el negro escudo-y como vos, un día fui en busca de algo más, algo que ni el honor ni la espada me habían dado, algo que estaba convencido era un tesoro y que merecía-se detuvo para mirar el rostro inescrutable del caballero- Una noche mientras descansaba escuché un ruido. Eran tiempos de guerra y no podía ser nada bueno, así que esperé hasta que estuvo lo bastante cerca, saqué mi espada y di un estoque certero entre la maleza. Cuando me incliné sobre mi víctima, descubrí con horror que era una mujer.¿Cómo iba a saberlo?-dijo con furia-Recogí su cuerpo y lo acerqué a la hoguera. Durante toda la noche estuve mirando ese cuerpo, imaginando qué hubiera pasado si yo no le hubiera arrebatado la vida, preguntándome si existía un viudo del que guardarme las espaldas.
El caballero le miró con interés. El hombre continuó, visiblemente angustiado.
-A la mañana siguiente, recogí el cuerpo sin vida de la mujer y emprendí de nuevo mi camino; no sé por qué no la enterré allí mismo, porqué sentí la necesidad de exhibir mi error, pero tras unas horas caminando llegué aquí. No había nadie. Entré en la casa con la intención de dejar en ella el cuerpo y quemarlo todo, pero unos débiles sollozos me condujeron hasta una cuna. Me encontré frente a la mirada reprobatoria de un recién nacido empapado en orines. Pensé en matarlo también, pero me di cuenta de que mi destino me había llevado hasta este lugar y ese niño. Desde ese día, mi espada descansaba en la pared hasta anoche.
El caballero miró con desprecio al hombre.
-¿Colgasteis la espada como si de un trofeo se tratara? Ningún caballero haría eso.
-Señor, os he explicado mi historia; ya no soy un caballero. Soy un hombre que encontró su mayor tesoro mientras vagaba en busca de joyas. Creí haberme explicado.(…)

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