El Bazar de las Oportunidades Perdidas (2ª parte)

-¿Recuerdas al tío Henry?

-¿El que está en el hospital?

-No es un hospital, campeón ,es una residencia.

-Como tiene tantos chismes colgados…

-Eso es porque está muy dormido, hijo.

-¿No se atrevió a recuperar su oportunidad?

-Eso dice tu tía Anabel.

-Pues vaya! ¿Para qué fue entonces?

-Es que no es tan fácil, por eso te he insisto en que lo medites antes de ir. Recuperar una oportunidad perdida implica muchas cosas.

Tras mirar al techo y no encontrar la respuesta, el pequeño clava su mirada inquisitiva en su padre que, divertido, continúa.

-Por ejemplo: digamos que a un amigo tuyo le ofrecen formar parte de un equipo de ajedrez por un lado y por otro le ofrecen unas vacaciones en Disneylandia. Tu amigo coge las vacaciones sin pensarlo y allí conoce a una chica que veinte años después se casa con él. Pero en los años siguientes no para de preguntarse qué habría pasado si en vez de Disneylandia hubiera cogido el equipo de ajedrez. Va al Bazar decidido a averiguarlo, pero una vez ante su caja teme que su mujer deje de serlo si cambia su decisión de entonces. Ese miedo le paraliza, como es normal, y puede que le impida abrir la caja.

-¿Por una chica? Menuda tontería ,papá.

-Ahora quizás sí, pero cuando seas mayor…

-Seré mayor dentro de mucho, papá, eso dices siempre y no puedo esperar tanto.

-¿No te da miedo?

-¿El qué?¿Un montón de gente congelada en medio de un pasillo casi a oscuras? -bromea Zach-Si no me pueden hacer nada, no. Lo que va a ser un engorro es esquivarlos. Y pueden ser un problema si alguno de ellos está justo en la estantería que yo necesito.¿ Los puedo mover?

-No lo sé, campeón. ¿Y si te pasa como al tío Henri?

-No me pasará porque yo no he conocido a ninguna chica.

-¿Seguro?

-Segurísimo. ¿Lo del tío también fue por una chica?

-No lo sé.

-Sabes pocas cosas,¿ verdad?

-Sé algunas; por ejemplo, sé que recuperar una oportunidad perdida significa que tu mundo, tal y como lo conoces hasta ese momento, deja de existir.

-¡Vale, hombre! ¡Más cosas raras!- grita Zach mientras se tapa la cara con el cuaderno.

Su padre, paciente, le destapa la cara con cariño y prosigue.

-Hasta este momento tú tienes una casa, tienes a mamá y me tienes a mí, a los abuelos, tienes a tus amigos, tus juguetes y tu habitación. Depende de lo que recuperes, eso puede cambiar. A lo mejor la bicicleta que te regalamos para Navidad ya no la tienes.

-Pues me pido otra para el año que viene.

-Es que a lo mejor ya no la quieres.

-¡Como no la voy a querer! La echaré en falta, seguro que me acuerdo de ella.

-A eso me refiero. No recordarás haber tenido una bicicleta, aquella mañana no la recordarás como ahora, ni el resto de los regalos, ni el pastel de la abuela, todo será distinto.

-¿Por una bici?

-Por una bici.

-¿Seguro que no te da miedo?

– Un poquito… No me ayudas mucho, ¿eh?

-Es que no quiero que vayas.

-¡Jo, papá!, mamá tiene razón, ¡eres un plasta!

-Y lo puedo ser más…

-Tú sabes que si te digo que necesito algo es que lo necesito. Siempre has dicho que no soy caprachoso.

-Caprichoso.

-Como se diga. Te juro que tengo que ir. Además, tú fuiste y todo salió bien,¿ verdad?

-Zach, que no llegué a entrar, ¿recuerdas? Es una leyenda. Me di la vuelta y tardé toda la noche en volver a casa. Hijo, acabaremos antes si me dices qué es lo que quieres recuperar. Hay formas más normales de lograr lo que uno quiere.

-¡Que no, papá! Sigue, ¿qué hay dentro de la caja? ¿Qué forma tiene lo de dentro?

-Al principio no verás nada; al quitar la tapa, de la caja subirá como una niebla. Dura poco así que no te asustes y cuando desaparezca la niebla en el fondo verás un papel, como un ticket. Cógelo y mira hacia el fondo del pasillo. Se iluminará un letrero parecido a los de las tiendas en las que compra mamá.

-¿Cuáles?

-Cualquiera de las tiendas en las que compra.

-¿Pero es grande como el de los centros comerciales o pequeño como el del súper?

-¿Qué importa eso?

-Pues que si es pequeño me costará más verlo.

-Pero si llevas gafas, hijo.

-¿No me has dicho que no lleve nada extra?

-Por Dios, me refería a que no hace falta que lleves dinero.

-Ah…

-Cuando llegues donde el letrero, habrá alguien esperándote. Cambia de aspecto según la persona, así que no sé cómo es en realidad. Será la única vez que podrás hablar con alguien, pero sólo se te permite hacerle una pregunta, si es que tienes alguna. Él o ella te preguntará a su vez si estás seguro de querer recuperar tu oportunidad; si le dices que sí, te pedirá el ticket y te entregará un recibo en el que te pondrá lo que te has llevado y el precio que tendrás que pagar. Firmas y te conducirá a la salida. Cuando cruces la puerta estarás de nuevo en el tren en el que ibas, pero en dirección a casa. En cuanto subas al tren, las cosas habrán cambiado, pero tú no lo recordarás.

-¿Y si le digo que no?

-Entonces tendrás el mismo problema que el tío Henry.

-Jo, papá, ¡Qué mal rollo!

-Pero ¿no lo tenías tan claro?

-Sí, y lo tengo, pero me da muy mal rollo lo del tío. Creo que no iré a verle más, al menos hasta que consiga recuperar lo mío.

-Bueno, ya hablaremos de eso otro día. Ahora a dormir.

-Déjame repasar lo que he escrito, papá. ¡Porfa!

-No, Zach, es muy tarde. Mañana lo repasamos-ordena su padre mientras por fin logra arroparle.

-Pero, pero…

-Nada de peros, Zach. ¡A dormir, campeón!-ordena su madre desde su habitación.

-¡Jo, mamá!¿Para qué escuchas?¡Buenas noches!-canturrea resignado -Papá, ¿te quedas un rato?

-¿Por qué?¿No eres muy mayor para eso?

-Es por si viene el tren y no me entero.

-Hijo, el tren no viene a tu habitación.

-Has dicho que puede aparecer en el salón…¡tampoco hay tanta diferencia!

-Vale, me quedo un rato.

Zach cierra los ojos con una sonrisa en los labios. Nathan le acaricia el pelo, apaga la luz y a los pocos minutos también cierra los suyos. Nota lágrimas calientes resbalando por su rostro, pero no los abre. Piensa en el tren y en aquella noche, hace ya tantos años, cuando su padre le dijo que el tren existía, y él se subió. Piensa en el bosque, en su silencio angustioso y antinatural, en el camino que le condujo hasta la puerta, en la oscuridad abrumadora que competía con la luz de la caja cuando la abrió, a medias, no convencido de querer lo que guardaba. Tanto le impresionó aquella luz que, aún con los ojos cerrados sentía el dolor punzante. Duelen, como le duelen todos los huesos, de no moverse. Él, mejor que nadie, sabe lo que es ser un Eterno Indeciso, y jamás podrá decírselo a Zach.

Patricia Montero ©2011-2021

Lee el principio de la historia de Zach aquí

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