Los que confiamos

Los que confiamos somos los adalides del optimismo. Somos los portavoces de la mejor versión de futuro, la mejor lectura del pasado y la sonrisa expectativa del presente. Es necesario entender en qué y por qué confiamos. Hay momentos en los que debemos pararnos y reflexionar.

La confianza es madre, entre otros, de la esperanza y de la lealtad. Pero como toda madre tiene que dejar un espacio, un margen que garantice su propia supervivencia. Así como una madre completamente confiada puede favorecer actitudes no deseadas en un hijo, así la confianza no debe ser total, pues la ceguera puede corromper su naturaleza pura; en ningún caso puede ser ciega, ya que esa es la forma más dañina de confianza.

En qué confiamos

¿Confiamos en una persona o en la imagen que construimos sobre esa persona? ¿Confiamos en un país o nos vestimos de patriotismo-confianza ciega -para evitar perdernos en nosotros mismos? Pobre de aquel que solo tenga su bandera como seña identitaria. Un ser humano no debería restringirse a la invención de otros para poder definirse, en ningún caso.

¿Confiamos por necesidad? Las más de las veces. La necesidad es la madre de los inventos. Tiene la capacidad de despertar una creatividad ilimitada. Necesitamos de la confianza, por ejemplo, en nuestras creaciones, para que lleguen a respirar fuera de nuestras mentes y resuelvan otras necesidades. Es la confianza más común.

¿Confiamos por miedo? El miedo es el azote del ser humano. Puede que muchos defiendan una idea solo por el miedo a una oscuridad aparente fuera de esa idea. La confianza nacida del miedo es hermana de la nacida por necesidad, ergo igualmente común. Solo hay que observar a dónde hemos llegado el último año.

La confianza por amor

¡Ay, el amor! Por amor se hacen muchas locuras…o por lo que en un momento nos creemos que es amor. ¿Y por instinto? La confianza instintiva es mi favorita. Los que confiamos por instinto deberíamos reconocer que son escasas las circunstancias en las que se nos activa la confianza. Lo que en principio llamamos instinto suele acabar siendo necesidad. Así, cuando la confianza instintiva nos falla es como un despertar violento. Es en el drama de esa pérdida cuando, a largo plazo, concluimos que el instinto tuvo poco que ver. Reflexionamos obligados por la razón, para salvarnos, para salvar la confianza pura, para no perderla. Decimos que el instinto nos falló cuando en realidad lo que nos falló fue escucharnos, escuchar el auténtico instinto, el de atender nuestras necesidades o como poco reconocerlas. Muchos amores nacen y mueren por eso. Otros, simplemente, son abortados. Que levante la mano quien pueda negar que ha vivido la muerte o el aborto de un amor por este motivo.

Mantener la confianza viva es un ejercicio de disciplina, una decisión personal que nos iluminará siempre y cuando seamos conscientes de en qué y por qué confiamos.

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