Quien se dedica a esto de escribir sabe que hay muchos momentos en los que la letra no fluye. Te puedes pasar días buscando la forma de conquistar una idea que coquetea contigo hasta exasperarte. Te vas a dormir inquieta, con un baile de palabras que no logran la simbiosis perfecta. Se pisan, dan traspiés, no se ponen de acuerdo ni de coña. Es una historia de amor difícil, llena de recovecos, trampas y guiños. En ocasiones se convierte en una historia de dominación, una guerra de poder.
El objetivo es exclamar un silencioso «¡lo tengo!», a pesar de todos los fallos, a pesar de la revisión obligada del estilo, de la corrección gramatical y de que la idea no sea el colmo de la originalidad. Me refiero a ser capaz de decir lo que quieres decir.Lo otro viene después.
Y ¿cómo llega ese «lo tengo»? De las formas y personas más inesperadas. Un pequeño acto- como una felicitación-, desencadena una serie de micro-actos-mantener una pequeña conversación tras largo tiempo de silencio, por ejemplo- que a su vez culminan con la aparición de una respuesta.
Hace unos días alguien muy querido me llevó de la mano, como hiciera antaño, en la dirección correcta. Lo hizo como lo ha hecho siempre, a través de la música. «¡Lo tengo!» apareció en un tema de John Williams.Un tema emblemático (por decir algo).
Fue escucharlo y derrumbarme. Fue escucharlo y un manantial de sentimientos fluyó de mi interior.Cada uno se materializó sin darme cuenta en palabras que querían ser escritas. Imparable. Solo cuando ya había escrito las palabras que venían serenas a mis manos me di cuenta de que «lo tengo» estaba en cada una de ellas. Fue más allá de la creación, fue un re-descubrimiento de mi yo más íntimo y reservado.
Esto me recordó tres cosas: una, en el baile de la creación no mandas, debes dejarte llevar.
Dos, el Universo tiene un peculiar sentido del humor, así que estate al loro. Cualquier pequeño acto de un día corriente puede suponer la diferencia entre un permanente bloqueo y un nuevo camino en el que aventurarte.
Y tres, quien te inspiró una vez volverá a hacerlo. No hará falta que se lo pidas, no necesitas forzar nada. Hay una especie de pacto silencioso con el Universo del que tú no tienes ni idea, del que tampoco necesitas saber nada y del que tu inspirador quizás no sea consciente jamás.
Sigue su estela de susurros, ya sea que aparezca en la forma de una canción alegre, un recuerdo, un diálogo aparentemente irrelevante o un manantial de lágrimas.